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sábado, 28 de diciembre de 2013

La verdad tras la leyenda: el Hombre de la Bolsa



La historia cuenta que en mayo de 1928, los Budd, una familia granjera de los Estados Unidos, puso un aviso en el diario pidiendo trabajadores. Un tal Frank Howard respondió al aviso. Era un hombre de cabello y bigote gris, delgado, no muy alto, con un traje viejo holgado, un bombín gastado, que arrastraba una pierna al caminar. Ah, llevaba además una bolsa.
Los Budd invitaron a Howard a almorzar, oportunidad en la que conocea Gracie, una de las hijas del matrimonio Budd, una nena de 9 años, de cabellos y ojos castaños. Howard se maravilló con la pequeña y le obsequió un caramelo.
Poco después de terminar de almorzar, Howard se excusó que debía retirarse a la casa de su hermana, porque su sobrino cumplía años (nueve, como Gracie) pero que volvería para el trabajo, dejando dos dólares como prueba de su buena fe. Antes de salir, se dio vuelta y ofreció llevar a Gracie al cumpleaños.
La madre dudó, pero Howard le aseguró que la cuidaría y le dio la dirección de la casa de su hermana. El padre autorizó la salida. “Deja ir a la pobre niña. No se divierte demasiado” sentenció.
La madre le puso un abrigo, le besó la cabeza y la niña se fue de la mano del señor Howard.
Nunca más la vieron.
El caso moría en el escritorio del detective William F. King, seis años después. Desde ya, no existía la casa de la hermana de Howard y éste se había desvanecido. No había ninguna pista del secuestrador. En octubre de 1934, jugó su última carta: King anunció a los diarios que iba a cerrar el caso definitivamente.
El 12 de noviembre, Delia Budd recibió la siguiente carta: "Mi querida Sra. Budd:El 3 de junio de 1928 llamé a su casa. Almorzamos. Gracie se sentó a upa mío y me dio un beso. Decidí comérmela”.
Esa carta fue el principio del fin. King rastreó al hombre hasta un cuarto en un edificio de la calle 52. La portera del lugar identificó las señas del hombre de la bolsa como las del inquilino Albert Fish. El detective King lo encontró tomando, serenamente, una taza de té.
La investigación a Fish develó una historia siniestra. En Westchester, en una casa abandonada, hallaron los huesos de la pequeña Gracie. Fish confesó que había cazado a más de 100 chicos, algunos de los cuáles los había comido.
“No tengo particulares deseos de vivir, ni de ser asesinado. Es una cuestión indiferente. No creo estar del todo bien” respondió a la pregunta del psiquiatra Frederic Wertham “Siempre tuve deseos de infligir dolor a otros y de que otros me provoquen dolor. Siempre parecí disfrutar de todo lo que hace daño”.
Albert Fish fue ejecutado en la silla eléctrica el 16 de enero de 1936.
Cuando le leyeron la sentencia, se levantó con los ojos brillantes del entusiasmo y agradeció al juez: “Qué alegría. La de la silla eléctrica será el último escalofrío. El único que todavía no he experimentado”.