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domingo, 24 de marzo de 2013

1976: las "otras" cartas de Rodolfo Walsh





Por Claudia Peiró cpeiro@infobae.com

El texto que el escritor envió a la Junta Militar en el primer aniversario del Golpe del 76 ha sido ampliamente difundido, a diferencia de otros escritos suyos que apuntaban a la responsabilidad de la guerrilla.

El “relato” dice que Rodolfo Walsh fue asesinado por haber osado denunciar a la dictadura de 1976 en aquella famosa Carta Abierta del 24 de marzo de 1977. Pero, aunque sin duda ése era motivo suficiente para convertir al periodista y escritor en blanco de la represión ilegal, la verdad es otra.

Y, en momentos en que diversas vertientes de una izquierda hipócrita y desmemoriada se preparan una vez más para condenar sin autocriticarse ni asumir responsabilidad alguna en los acontecimientos que ensangrentaron al país, es oportuno volver sobre las verdaderas circunstancias que rodearon la muerte de Rodolfo Walsh.

El periodista y escritor era en aquel tiempo miembro de la organización Montoneros y, como tal, se cansó de advertir a sus camaradas que la estrategia del grupo era equivocada y suicida. No sólo eso: también elevó a la conducción –Mario Firmenich y otros- una propuesta de ofrecimiento de paz, de cese de las acciones armadas y de repliegue organizativo que, de haber sido aplicada, habría evitado muchas muertes inútiles.

Las lúcidas advertencias de Walsh están contenidas en una serie de documentos internos elevados a los jefes Montoneros. Por ejemplo, el 11 de noviembre de 1976, escribía autocríticamente: “Después del 24-3-76 (…), decidimos que las armas principales del enfrentamiento eran militares y dedicamos nuestra atención a profundizar acuerdos ideológicos con la ultraizquierda”.

En el mismo documento, subrayaba el hecho de que la dictadura –contra lo que hoy podría pensarse escuchando tantas encendidas proclamas contra el Golpe del 76- no estaba políticamente aislada en el país, sino que contaba con muchos apoyos: “No es cierto que haya fracasado el aperturismo [del Proceso]. Ejemplos: el PC [Partido Comunista] no participa en los conflictos, mientras negocia con el gobierno a través del Partido Intransigente y le paga viajes a Lázara y García Costa para que viajen al Congreso de la Internacional Socialista a defender a Videla; la UCR no rompe a pesar de todos los agravios, incluidos Solari Irigoyen y Amaya1; la reacción de la Iglesia es tibia comparada con todo lo que han hecho y con los episcopados de Chile y Brasil, donde por mucho menos se enfrentan abiertamente con las dictaduras”.

“No es cierto que no tengan armas políticas –insiste más adelante. Hacen toda clase de esfuerzos para no enajenarse a los partidos y a la burocracia sindical y logran resultados. La burocracia los ayuda a pasar la prueba de la OIT. Osella Muñoz y Vanoli se niegan a declarar por los derechos humanos en EEUU. Los radicales tienen varios embajadores (…). Ellos hablan con todos los que nosotros dejamos de lado para irnos a discutir con el ERP y el PC.”

Walsh destaca en ese mismo documento que la dictadura tampoco estaba aislada en el mundo, donde contaba con el curioso respaldo del bloque comunista: “Hay un notable exceso de optimismo. Al enemigo la situación internacional lo mejora. Consigue créditos para su objetivo inmediato de refinanciar la deuda y mantiene excelente relación con el bloque soviético que con su importancia los salva en el sector externo. La exposición soviética en Buenos Aires muestra que no se trata de coletazos de la relación con Gelbard sino de una política que se mantiene con el actual gobierno”.

Augura un uso político de los derechos humanos

Y a continuación, agrega algo muy significativo: “Ya dijimos que no los vemos aislados a ellos [en el plano internacional]. Sobre derechos humanos, queremos agregar que es cierto que han perdido muchos puntos, pero esto forma parte de una política del imperialismo, que aprieta con dos pinzas: la económica y la de los derechos humanos, para mejor someter a nuestros países. Los mandan a matar y después aprietan. Además ahora van a institucionalizar los derechos humanos, creando comisiones dirigidas por ellos, para regular las denuncias como mejor les convenga”.

Walsh no elude la autocrítica sobre el accionar armado: “Nuestras armas también son violatorias de las convenciones internacionales”. Y hace también referencia a la actitud de las organizaciones guerrilleras respecto al golpe, una verdad que contrasta con la versión interesada de sus voceros supérstites de hoy, de oponentes a la dictadura: “Falta una autocrítica en serio, porque nosotros dijimos en 1974, cuando murió Perón, que queríamos el golpe para evitar la fractura del pueblo y, en 1975, que las armas principales del enfrentamiento serían las militares”.

El 13/12/76, ya Rodolfo Walsh empieza a esbozar lo que es su propuesta para sacar a la organización de la situación desesperada en que se encuentra y evitar un número cada vez mayor de bajas. En la serie de puntos elevada al Consejo (es decir, a la jefatura de la guerrilla), partía del reconocimiento de “que las OPM [organizaciones político militares] han sufrido en 1976 una derrota militar que amenaza convertirse en exterminio”.

Por lo tanto, proponía un repliegue estratégico, resistencia en lo táctico, mimetizarse en el peronismo, “retirar del territorio nacional a la Conducción Estratégica y a las figuras ‘históricas’” para reducir el riesgo de su captura o muerte,  “definir la seguridad individual y colectiva como criterio dominante”, para lo cual era necesario flexibilizar el funcionamiento de la organización tendiendo a una mayor autonomía de cada célula, para limitar el riesgo de captura – delación – captura…

Es llamativo que, de todo lo que Walsh propuso, lo único aceptado por los jefes montoneros fue  su propia retirada del territorio nacional –marcharon a Europa donde se pusieron a salvo de la persecución- mientras que la seguridad individual que él quería poner como prioridad fue desatendida y se mantuvo el funcionamiento demencial que llevaba a las caídas en cadena.

Precisamente de ese encadenamiento infernal fue víctima Rodolfo Walsh, a quien no fueron a buscar a su casa por escribir una carta –no puso en la misma su remitente, ya era un militante clandestino para ese entonces- sino que fue abatido en una cita “cantada”.

Evitar más muertes

La propuesta que había formulado para poner fin a la lucha armada y sacarle el cuerpo a la represión, y que la conducción montonera desdeñó, habla a las claras de la lucidez del autor de Operación masacre. De haberse adoptado, muchas personas se habrían salvado, lo cual explica en buena medida la oscuridad en la cual los exégetas deshonestos de Rodolfo Walsh han mantenido estos escritos, reduciendo su pensamiento y bastardeando su memoria.

El documento “Aporte a una hipótesis de resistencia”, fechado el 2 de enero de 1977, sugería que Montoneros hiciese un “ofrecimiento de paz”, reafirmando la justicia de su lucha pero reconociendo la derrota militar. Su propuesta era que “ambas partes” reconociesen “la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la vigencia de sus principios bajo el control internacional” y que “ambas partes” también reconociesen que “el futuro del país debe resolverse por vías democráticas”.

 “Lo primero, escribió Walsh, implica por parte del gobierno militar el cese de fusilamientos ilegales y torturas, la publicación de la nómina de detenidos, la vigencia del recurso de Habeas Corpus y el restablecimiento de la opción para abandonar el país para los detenidos no procesados”. Y por parte de Montoneros, implicaba “el cese de toda acción militar antipersonal y el uso de las armas solamente en defensa de la vida o la libertad”.

En un documento fechado el 5 de enero de 1977, Walsh advirtió que “en el último trimestre de 1976 el número de muertos en el campo popular osciló entre 200 y 300 por mes”.

En la célebre Carta Abierta a la Junta Militar, Walsh ya denunciaba “quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados” que eran “la cifra desnuda del terror”. “Colmadas las cárceles ordinarias, crearon ustedes en las principales guarniciones del país virtuales campos de concentración donde no entra ningún juez, abogado, periodista, observador internacional. El secreto militar de los procedimientos, invocado como necesidad de la investigación, convierte a la mayoría de las detenciones en secuestros que permiten la tortura sin límite y el fusilamiento sin juicio”, acusaba.

Pero la lectura de los otros documentos que en paralelo estaba escribiendo, permite decir que, si sus propuestas no hubiesen sido desoídas, otra habría sido la suerte de muchos de los militantes cuyos nombres integran hoy la nómina de los desaparecidos.

Estas otras cartas actúan como un revelador sobre la placa del escenario del 76, desnudando complicidades y fallos de buena parte del arco político en el pasado, y sus imposturas en el presente.

1Dirigentes radicales secuestrados, el segundo murió por los malos tratos recibidos en cautiverio