Google+ Followers

Mostrando entradas con la etiqueta Lucha Armada en los 70. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lucha Armada en los 70. Mostrar todas las entradas

martes, 15 de enero de 2013

Los Montoneros no supieron valorar la Democracia



A 25 años de la publicación de "Soldados de Perón. Los Montoneros", su autor, el británico Richard Gillespie, comparte con este diario sus reflexiones sobre ese pasado y las vinculaciones del fenómeno guerrillero con el presente.

“Cuando un partido o movimiento empieza a buscar una hegemonía duradera, con el Estado como instrumento principal, la calidad de la democracia sufre”. Quien habla es Richard Gillespie, inglés de Lanca­shire, noroeste de Inglaterra. Es autor de uno de los libros más emblemáticos escritos sobre el peronismo y el proceso revolucionario de los años ’70, Soldados de Perón. Los Montoneros , de cuya publicación se cumplieron 25 años este 2012. Esa investigación, que llevó seis años de intenso trabajo, se transformó en best seller no bien saltó al mercado, en agosto de 1987.
La vinculación del historiador con nuestro país había nacido un tiempo antes, más precisamente en 1971. Ese año, luego de haber finalizado sus estudios de ciencias políticas, empezó su fascinación por la política latinoamericana y en especial por la capacidad de movilización de la Juventud Peronista. Cuatro años más tarde, con algunas líneas de investigación y un español que apenas arañaba lo entendible, caminaba por la Buenos Aires de los últimos meses antes del golpe de Estado, entre la crisis económica y los embates policíacos de José “el brujo” López Rega.
Gillespie, catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Liverpool, fundador del think tank Europe in the World Centre y editor de Mediterranean Politics , tomó su cámara Instamatic y se internó en el riñón de ese movimiento político joven, radicalizado y católico, que había apostado a comienzos de la década todo su arsenal político-militar a diseñar un nuevo país y, luego del regreso de Juan Domingo Perón, había tenido el atrevimiento de desafiar al líder en su propio terreno.
En esta entrevista exclusiva para La Voz del Interior habla sobre esa época teñida de sangre y sobre este presente marcado por la polarización. Son dos peronismos, dos realidades, la más cercana queriendo revivir un pasado que no pareciera tener ya demasiado sentido.
–En el prólogo de la edición de 2008, usted escribe: “Montoneros mantiene un lugar destacado en la historia de la insurgencia por ser el ejemplo de guerrilla urbana que más éxito relativo ha tenido a nivel mundial”. ¿Cómo se explica esa idea?
–Los Montoneros superaron a sus contemporáneos de la guerrilla urbana a nivel internacional en varios sentidos: las dimensiones de sus operativos militares (alrededor de 1975), su capacidad de movilizar y encuadrar a los militantes y simpatizantes y los recursos que acumularon. En este sentido, la guerrilla montonera superó incluso a los Tupamaros en Uruguay, que fueron vistos desde Europa como prototipo de la guerrilla urbana, y que fueron quizás el movimiento más comparable a nivel de la estrategia. La guerrilla urbana fue un factor importante en la derrota de regímenes autoritarios en Argentina, pero al final no llevó al triunfo político de sus protagonistas. Y junto a los movimientos que puedan reclamar éxitos relativos, hay que recordar casos de movimientos que fracasaron sin conseguir nada. Hay que pensar en Brasil, Venezuela, y algunos países centroamericanos, más o menos en la misma época. Las comparaciones internacionales son muy instructivas porque demuestran los límites del voluntarismo militarista, la importancia de la política y del contexto específico en cada país.
–Su libro debe ser uno de los textos más citados y consultados de nuestra literatura histórica moderna. ¿Cómo fue trabajar en aquellos años cuando no había tanta documentación disponible y el acceso a hablar con los protagonistas era una tarea muy riesgosa?
–Los recuerdos de los años de la investigación en 1975-1976 están muy vívidos en mi memoria. Como cualquier investigador académico, pasé muchas horas leyendo, repasando documentos en archivos o en bibliotecas, pero también tuve experiencias que no había anticipado al planificar el proyecto. Por ejemplo, reuniones semiclandestinas con algunos contactos; la necesidad de escaparme de personas que intentaron seguirme después de haber comprado algún libro político en una librería; el temor de ser encontrado con material considerado subversivo durante un rastrillaje de las fuerzas de seguridad por la noche o la dificultad de sacar mis papeles de investigación del país.
–¿Cree que la pelea de Perón con Montoneros fue determinante para que el líder no pudiera, no quisiera o no supiera encontrar en esa juventud ilustrada o en otro militante a su heredero natural?
–Creo que Perón nunca perdió su mentalidad militar y por eso, después de regresar a Argentina en los ’70, perdió muy rápido la paciencia con las movilizaciones espectaculares de la Juventud y con sus intentos de condicionar la orientación de su gobierno. A la vez, la habilidad política del líder no era lo que había sido en el pasado. No tenía idea de quién sería el heredero. Lo importante para él, para reivindicarse históricamente, había sido volver a Argentina y regresar a la Casa Rosada.
–¿La democracia era un valor en esa época o simplemente el medio para llegar a la revolución?
–Mi impresión es que, mientras la Juventud Peronista disfrutó enormemente de la libertad durante el año ’73, la mayoría de la izquierda peronista y marxista no supo consolidar esta conquista. Tenían razón en no confiar demasiado en la estabilidad de la apertura política, dado que los militares se habían retirado con su poder intacto y los gobiernos elegidos a partir de los años ’50 nunca habían podido durar un período completo en el poder. Pero en vez de valorar el potencial democrático y buscar desarrollarlo, la izquierda peronista se quedaba en el fatalismo. Eran minoritarios los elementos de la izquierda peronista que sí intentaron adaptarse a la nueva situación y que abandonaron la lucha armada para hacer política. Pienso en algunos militantes de las FAP (Fuerzas Armadas Peronistas) con bastante historia en la resistencia peronista. Esta gente rompió con la coalición montonera, pero incluso ellos no encontraron forma de canalizar una alternativa peronista, radical y civil. Fueron muy aislados y pronto se desanimaron.
–¿Qué era el Estado era para los Montoneros?
–Los Montoneros tenían un concepto marxista bastante crudo del Estado. Lo veían como instrumento de coerción y campo de batalla fundamental en una Argentina muy polarizada. Querían usarlo como instrumento de transformación social también, pero primero había que conquistar su control. En la práctica, tenían poco tiempo para moverse abiertamente a nivel político antes de la contraofensiva de la derecha y las bajas que sufrieron en los años siguientes pueden explicar, en parte, la dedicación actual de la Cámpora a la colonización del Estado.
–¿Qué le aportó Montoneros al peronismo?
–Más que conceptos, los Montoneros aportaron al peronismo la acción, al impulsar diversas formas de lucha (no solamente violentas) y organización popular, reforzando así un movimiento que en la oposición se vertebraba en el movimiento sindical. Al reclutar fuertemente en las universidades, hubo cierta actividad intelectual también, con la que se intentaba reinterpretar el nacionalismo argentino en consonancia con una visión de transformación social. Esto ayudó a Perón a mostrar una cara más progresista, brevemente, al regresar al país en 1973. Pero a largo plazo, los Montoneros no pasaron de atraer a una minoría importante de argentinos a su visión de los retos para el país.
–¿Fracasaron solamente por sus propios pecados o los derrotó lo más conservador del peronismo?
–Los Montoneros no cuestionaron el principio vertical de organización peronista porque este coincidió con el enfoque del grupo armado original y se lo consideraba esencial para la seguridad de la organización y su eficacia. Los dirigentes no se mostraron suficientemente flexibles para adaptar los métodos de actuar. No lo facilitaba tampoco la agresión violenta desde la derecha, que empezó unos meses después de la elección de Héctor J. Cámpora.
–¿Se puede aplicar aquí esa frase de Marx que dice “la historia se repite dos veces, la primera vez como tragedia y la segunda como farsa”? ¿Montoneros fue una tragedia para el peronismo?
–Una tragedia, no. Formaba parte de un drama con muchos actores adicionales y de un movimiento que se consumó en una guerra interna que facilitó la vuelta al poder de las fuerzas reaccionarias. Los resultados fueron claramente trágicos. No quiero usar palabras como “farsa” para describir la Argentina de hoy, pero sí me parece triste y preocupante la manera en que el país parece haber quedado cerrado en una división configurada por el pasado y con agendas que no se adaptan a las realidades globales de hoy.
–Según su mirada de historiador, ¿cree que es necesario que la izquierda peronista revise lo sucedido en la década del ’70?
–Todo movimiento político debería intentar aprovechar el capital, formado por su propia experiencia histórica, y la de otros movimientos comparables. La izquierda peronista no es ninguna excepción. No se trata de hacerse cargo de un fracaso porque era una experiencia con elementos positivos, aparte de los negativos. La izquierda peronista, junto con otras fuerzas políticas populares, tiene el derecho de reivindicar su papel en la oposición al régimen militar, que finalmente forzó la realización de las elecciones en 1973 y un período breve de libertad política. También llegaron a tener una capacidad de movilización social extraordinaria. La tarea de sacar lecciones de la historia tendría que ser cuestión de identificar aspectos positivos y no solamente negativos, y de aprovechar de las lecciones para renovarse en un contexto político diferente. Reivindicar la historia del movimiento de izquierda peronista sin espíritu crítico y autocrítico o renunciar a toda una experiencia, sin matizar, lleva a la esterilidad política.
–¿Qué diferencia encuentra entre aquel grupo de jóvenes que soñó con una revolución, que hasta se atrevió a desafiar a Perón, y La Cámpora, este otro grupo de jóvenes que enarbola elementos simbólicos de los ’70?
–Me es difícil hacer una comparación de este tipo dado que conozco los años ’70 de Argentina mucho mejor que la situación política de hoy. Tengo más simpatía con los de ayer porque se enfrentaron a un régimen de corte exclusivista que negó derechos básicos a la mayoría de los argentinos, y en muchos casos los jóvenes, de varias orientaciones políticas, se arriesgaron mucho buscando el cambio político y social. El contexto político actual es bastante plural y es más difícil entender desde afuera la polarización, quizás ahora menos estructural que en el pasado e intencionalmente buscado y promovido por el grupo al que usted se refiere. Ciertamente, hay algunos paralelismos, porque la Tendencia Revolucionaria de los
’70, al tener la oportunidad en 1973-74, buscó colonizar puestos en el aparato del Estado y en las universidades para consolidar su influencia política. Pero esto en un contexto muy diferente al de hoy, tanto a nivel nacional como global. Cuando un partido o movimiento empieza a buscar una hegemonía duradera, con el Estado como instrumento principal, la calidad de la democracia sufre. Sin embargo, supongo que la ambición de dominar el sector público también tiene mucho que ver con la debilidad del sector privado y la sociedad civil. Me parece que La Cámpora tiene más claro a qué se opone que adónde quiere llevar al país. Desde lejos, da la impresión de contentarse con la política nacional y no tomar muy en serio los retos internacionales del país.
–¿La juventud supone un valor agregado para un político?
–No. Sin embargo, hay que reconocer que cuando un país quiere sacarse de encima a un régimen autoritario, después de muchos años de represión política, suelen ser los jóvenes los que hacen una diferencia en el balance de las fuerzas. Les falta la memoria de sufrimiento personal, tienen menos inhibiciones que sus mayores y pueden reforzar mucho un movimiento de oposición popular. Los ejemplos abundan: desde la generación de 1956 en España, los sandinistas en Nicaragua y, más recientemente, los jóvenes en el norte de África durante la llamada Primavera Árabe. Pueden aportar mucha energía, coraje e inventiva de métodos de lucha y, a la vez, suelen venir con ánimo de radicalizar los fines buscados.
Ficha personal
Richard Gillespie tiene 60 años, es profesor en varias universidades inglesas e integrante del Departamento de Política de la Universidad de Liverpool. Luego de estudiar la izquierda peronista, tema de su doctorado (1979), se dedicó a investigar el socialismo español. En 1996 fundó la revista académica Mediterranean Politics, que publica artículos sobre las relaciones de esa región de Europa. En 2008, Editorial Sudamericana publicó la tercera edición de su libro consagratorio, pero esta vez bajo el título Soldados de Perón. Historia crítica sobre los Montoneros. Actualmente, estudia la dinámica de la evolución nacionalista en la España contemporánea.
Junio de 1975, un extranjero solo en Buenos Aires
“Los recuerdos más duraderos de aquella época son en gran parte los momentos de inseguridad, de riesgo y de preocupación ante un futuro incierto, pero también mantengo memorias felices de las personas que me ayudaron en momentos problemáticos y que se convirtieron en amigos. Al haber llegado (en 1975) sin ninguna experiencia de residencia en un país extranjero, solo y con muy pocas palabras de castellano en mi vocabulario, reconozco mucho la generosidad de las personas que me ayudaron a encontrar un sitio para vivir y que me explicaron cosas muy básicas pero esenciales para subsistir, como, por ejemplo, la manera de pedir una “chica de muzzarella” en la pizzería más cercana. En un tiempo en el que había muy poca confianza entre la gente fuera de la familia o del círculo íntimo, nunca voy a olvidar a las personas que decidieron ayudarme a encontrar contactos. Me imagino que en algunos casos se basaban simplemente en la impresión interpersonal, pero en otros casos algunas personas esperaban, al mostrarme su confianza y su solidaridad humana, facilitar un proyecto de investigación seria y posiblemente útil para entender a su país”.

FUENTE: http://www.lavoz.com.ar