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martes, 15 de octubre de 2013

Un aplauso para el asador

Un aplauso para el asador


Por Beatriz Sarlo |  Para LA NACION

Hoy cierra esta galería de perfiles políticos. Las elecciones
acontecerán la semana que viene; por lo tanto, descuelgo los retratos y procedo a devolver el local a sus dueños. Los buenos cierres son los que se festejan. Se me había ocurrido un asado. Pero, dadas las circunstancias, abandoné la idea.

Además me di cuenta de que no tenía asador a quien agradecer con el tradicional aplauso. Todos están ocupados en adivinar las claves de la salud presidencial más allá de los boletines médicos. Ocupados en despachar a Boudou a los lugares menos visibles y cortarle todo acceso a la simpática cadena nacional. Ocupados, también, en redefinir las tareas de cierre de campaña y ponerlas más a tono con la necesidad de mantener dos objetivos al mismo tiempo: arrimar unos votos por el influjo de la piedad ante un ser humano enfermo; restarle trascendencia a cualquier enfermedad presidencial. Como sucede con las enfermedades de las celebrities , ambas líneas de acción se contradicen. Incluso algunos audaces e inventivos sueñan con un gran acto de la Presidenta, heroína de tragedia griega, que imaginan dispuesta a todo, incluso al sacrificio de cerrar una campaña electoral con la perspectiva de perder en los comicios. Una carta de Cristina a todos los argentinos y todas las argentinas no estaría mal y sería más descansado.

Los peronistas se han visto ante contradicciones peores. Basta pensar en Daniel Scioli, gran asador, para quien, sean los resultados que sean, muchos del Frente para la Victoria deberían pedir un aplauso. Le han tocado no sólo las últimas semanas de campaña sino también poner la cara la noche del 27 de octubre, rito de fin de fiesta electoral del que la Presidenta, por lo que sabemos hasta ahora, quedaría liberada gracias a su dolencia. Esa noche, no será Insaurralde sino Scioli quien, si quiere tener futuro, deberá actuar en tiempo presente. Parece difícil que la Presidenta sacrifique su salud para ahorrarle a Scioli ese mal momento que ya le estaba destinado antes de que Cristina tuviera que operarse.

No han sido fáciles las cosas para este hombre. El kirchnerismo le obsequió una ininterrumpida ducha de agua hirviendo y agua helada: lo quisieron tener cerca; lo echaron de todos los convites; lo volvieron a llamar; lo retaron frente a los senadores, en la misma cámara que presidía; lo desafiaron en público; lo ningunearon; lo pusieron como candidato testimonial contra su voluntad; lo humillaron; le tiraron por la cabeza el Partido Justicialista después de la derrota del 2009, partido al que Scioli, ahora quiere revivir con respiración boca a boca; le criticaron los amigos y conocidos y le impusieron el vicegobernador; le mandaron jóvenes y viejos a cuestionarlo; lo saludaron con un beso; ni siquiera lo saludaron; lo pasaron por alto y le cortaron los víveres; le giraron una parte del presupuesto cuando el agua le llegaba a la boca y la provincia no pagaba aguinaldos; lo subieron al palco cuando pareció indispensable; lo bajaron de allí cuando se les dio la gana. Scioli asimila cada ofensa como si fuera la medalla de una guerra cuyo desenlace él quizá conozca. O lo ignore y muestre sólo un inquebrantable optimismo.

Cuando Sergio Massa se presentó con el Frente Renovador a competir en la provincia de Buenos Aires, la Presidenta miró las encuestas de popularidad y llamó urgente a La Plata. El razonamiento que precedió a ese llamado puedo imaginarlo: que Scioli nos ayude a pararlo a Massa y, si no le alcanza, que pierda con nosotros. Así lo convirtieron en el padrino de Insaurralde, cuya falta de sustancia es mayor a medida en que va siendo más conocido. La Presidenta se convirtió en su madrina mientras pudo, hasta que se golpeó la cabeza.

Así son las cosas, para el hombre que ha jugado al fútbol con casi todos los justicialistas en su quinta La Ñata, a la que también invitó a Macri. Scioli conoció al peronismo con Menem; luego con Duhalde que se lo endosó a Néstor Kirchner y, finalmente, con Cristina. Tiene un máster de la Universidad de la Matanza en Partido Justicialista y un doctorado en Harvard sobre kirchnerismo. Seguramente tiene otras cualidades que han sido muy comentadas: paciencia, modales mansos y disposición a tragarse las ofensas. Agregaría: astucia. No sé si estas cualidades son suficientes para llegar a presidente de la Argentina. Fueron suficientes para asegurarle la sobrevida hasta hoy.

Cuando, impulsado por su precoz ambición y la del grupo económico que lo rodea, Sergio Massa abandonó el barco, Scioli se ató al mástil. Pensó que abandonarlo era siempre un "antes de tiempo". Si tuvo razón, y finalmente el justicialismo se reagrupa alrededor de la casa de gobierno de La Plata, se dirá que ha tenido el sentido de la oportunidad; que supo correr bien la carrera, aunque diera la impresión de que no aceleró nunca. Si no tuvo razón, se dirá que fue un apocado y un timorato, al que podrá reconocerse el honorable atributo de la lealtad, una virtud admirada incluso por aquellos justicialistas especializados en cambiar de jefe de la noche a la mañana.

La galería de retratos se cierra hoy, porque faltan pocos días para las elecciones. Como en una novela folletinesca y sentimental, al final, la trama dio un giro: la enfermedad de la Presidenta le pone un poco de suspenso a porcentajes que parecían cantados. Hay imprevistos que tocan el corazón de los votantes. Prohibido subir el nivel de las críticas, como si éstas fueran un arma usada contra la Presidenta como persona y no contra una política que no lleva quince días sino años. Todos deseándole lo mejor, lo cual es humanamente adecuado. Scioli, en tanto, estará pensando: "La noche del 27, cuando tengamos los resultados, me va a tocar a mí". Justo a él que estuvo en segunda fila en el festejo de 2011.

© LA NACION

jueves, 30 de mayo de 2013

El debate que Carta Abierta busca evitar

El debate que Carta Abierta busca evitar

Por Luis Gregorich |  Para LA NACION

Vivimos en la Argentina jornadas de inocultable tensión, con una sociedad dividida cada vez más drásticamente entre partidarios y opositores al Gobierno, cuya belicosidad en el plano verbal y simbólico, anticipatoria de otras violencias, no puede menos que preocupar. La feroz pelea del Gobierno con el mayor multimedio del país, la oficialmente denominada "democratización" de la Justicia , la discutible iniciativa del blanqueo de divisas (que viene a ser un extraño compañero de ruta del cepo cambiario) y la propuesta de convertir a jóvenes militantes en controladores de precios máximos refuerzan un escenario de confusión y desencuentro.

Mientras los opositores se limitaron a acuartelarse en la prensa gráfica y en espacios más o menos convencionales de la radio y la televisión, el Gobierno los enfrentó y hostigó, pero sin sobreactuar. En cambio, se ha puesto muy nervioso ante el inesperado altísimo rating de un programa político dirigido por Jorge Lanata , que se emite los domingos por la noche y que investiga el supuesto enriquecimiento y el lavado de dinero por parte de personas vinculadas, en forma central o lateral, con el Gobierno. Quizás el mérito principal de este programa sea su inteligente uso del formato televisivo y su abandono del modelo "radiofónico", limitado a cámaras fijas e intercambio de voces y primeros planos. Error: quizás el mérito principal de este programa sea su credibilidad.

En la Plaza de Mayo, en la reciente celebración de la fecha patria, hubo dos mensajes , dos elocuciones, dos "textos" que enfrentaron, desde el Gobierno y sus adyacencias, la situación. Primero, el discurso de la Presidenta, que procuró destacar los logros de la década kirchnerista y asumir su proyección al futuro. Abogó por otra década en la misma senda y no afirmó ni desmintió que aspirase a la re-reelección. El mensaje podría ser calificado de relativamente moderado, sobre todo si lo confirmaran (poco probables) gestos en la misma dirección.

El mismo día fue leído en la plaza el documento N° 13 de Carta Abierta , el colectivo de intelectuales y exponentes de la cultura que apoyan al Gobierno. Como siempre, se trató de un largo e intrincado comunicado, de más de diez densas páginas, escrito en una prosa barroca y "ajardinada" (según definición que hace muchos años escuché a Juan Carlos Ghiano, un escritor argentino ya desaparecido), que esta vez, sin embargo, resuena con acordes más agresivos y fundamentalistas que los dichos de la Presidenta.

El nuevo documento, una vez descontados sus monótonos y habituales panegíricos para las realizaciones kirchneristas (alcanzadas "por primera vez en la historia nacional"), se articula, sin dar nombres y apellidos, en una insultante condena del programa político mencionado y del periodismo crítico en general. Encuentra en éstos el "avance impiadoso" de un "relato brutal", provisto de "acciones profunda y visceralmente desestabilizadoras", cuyos argumentos se extraen de "las cloacas del lenguaje".

Ligeramente alucinado -permítase que sea yo el que califique esta vez-, el texto sostiene que este "consumado amarillismo periodístico" construye, como "santo y seña" de la oposición, la figura del "judío" que "supo desplegar el antisemitismo exterminador". Otra vez aparecen "el lenguaje surgido de las letrinas amarillistas", la "espectacularidad televisiva", el "vodevil mediático" y "el aliento fétido de la regresión neoliberal", que vendríamos a representar los que intentamos ejercer el periodismo crítico, quienes, además, somos "los inspiradores de tanto odio".

También nos condena la historia, a nosotros y a los que, sin saberlo, representamos: ya lo dijo Rosa Luxemburgo, la crisis del capitalismo destruyó la república de Weimar y permitió que los nazis tomaran el poder. Y también somos responsables por la caída de Yrigoyen, y por la caída de Arbenz, y por la caída de Perón, y por la muerte de Gaitán. Imaginen cualquier desmán o forma de explotación y la culpa la tienen los que, "con virulencia insidiosa" y "en nombre del saneamiento moral", abrieron "las compuertas para los peores regímenes dictatoriales". ¡Qué importa un poquito de corrupción, una "serie de fotografías de casas solariegas" de "nuevos ricos vinculados" cuando lo verdaderamente importante es la "corrupción de las grandes estructuras capitalistas"!

Este bizarro documento, tal vez el más autocomplaciente de los que ha dado a conocer Carta Abierta, obviamente se consagra a defender al Gobierno y, de paso, en un alarde retórico, aprovecha la oportunidad para calificar las experiencias mediáticas opositoras no sólo como vodevil, sino también como "folletín popular" o "novela de terror gótico", con "castillos draculianos y llamados telefónicos a carpinteros infernales que construyeran bóvedas, criptas o cúpulas salidas de un relato de Edgar Allan Poe".

Ninguna autocrítica o referencia, ya que hablamos de géneros, a las escenas de grand-guignol protagonizadas por Guillermo Moreno, con sus bruscas irrupciones y sus guantes de boxeo; ninguna mención de las pop-sessions de Amado Boudou o los absurdos beckettianos de 6,7,8 . Y una ardua prosa que podrá ser aplaudida por los aplaudidores, pero difícilmente resista ser leída hasta el final.

¿Qué estamos discutiendo? Lo que es capaz de afirmar o callar un intelectual o un escritor. Pero hoy no se trata de las opiniones de Federico Engels sobre la novela realista, en sus cartas a Minna Kautski. Tampoco de lo que reflexionó Antonio Gramsci, en su celda, sobre la función del intelectual orgánico. Hoy se trata de saber qué pensamos, sin distraernos, acerca de la evolución patrimonial de Lázaro Báez, un modesto empleado bancario devenido en multimillonario gracias a su íntima relación con el poder. ¿Cuántos otros Báez hay? ¿Cuántos documentos más se ocuparán de cubrirlos con densos velos protectores?

Carta Abierta, que en sus paneles mezcla académicos y funcionarios y militantes variados, por lo menos ofrece, desde su creación, una imagen de unidad. Su férrea adhesión al Gobierno, sólo matizada a veces por desacuerdos menores, revive cuando la situación política lo requiere. Casi estaríamos a punto de envidiarlos por esa imagen de cohesión, brindada incluso contra el sentido común y contra hechos irrefutables.

Los intelectuales de la oposición, en cambio, se han fragmentado en distintas etnias ideológicas, cuyos matices generan mutua desconfianza y restringen una necesaria acción en común. De tal forma, el nuevo documento oficialista, aunque su faena central consista en demoler al periodismo opositor y desarmar el valor de las investigaciones en curso, alude sin quererlo a un tema, a una ausencia que nos abarca a todos: la promoción de un auténtico debate nacional, en el que los contendientes por lo menos puedan mirarse cara a cara y donde la áspera diferencia de ideas sea mitigada por la cortesía del encuentro.

Soy de los que creen que la figura presidencial debe ser respetada, como mandataria y como mujer, y rechazo de plano las escenas en que se la escarnezca o ridiculice. Pero tampoco ella puede eludir la crítica en democracia y la investigación fundada en derecho. Una actitud de transparencia y puertas abiertas podría ser su mejor blindaje, así como la declinación expresa de nuevas reelecciones y reformas constitucionales.

Mientras tanto, debatamos ya acerca del significado de esa mortal peste que es la corrupción y (agrego por mi parte) del valor estratégico de combatirla, y de no consentir las variadas máscaras del "roba pero hace". No dejaría fuera del debate ninguno de los grandes interrogantes que enturbian nuestra concepción del futuro, aunque me gustaría empezar por los contrastes entre una visión del mundo global y una mirada de aislamiento provinciano, entre el consenso y la hegemonía, entre el largo aliento y el cortoplacismo, entre el mito del trabajo y el esfuerzo personal y el contramito del asistencialismo clientelista.

© LA NACION.