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domingo, 6 de enero de 2013

Desalojando el pesebre


(R. Velazco, rector de la Universidad Católica de Córdoba)


Recientemente ha sido noticia que el papa Benedicto XVI en su 3º libro sobre Jesús, dice que probablemente en el pesebre en el que nació Jesús no haya habido ni buey ni burrito.
Al decirlo, está ciñéndose a los textos evangélicos que en ningún momento mencionan a esos animales. Sin embargo este dato, más bien folclórico, ha causado sensación. Muchos se preguntan: ¿Qué vamos a hacer ahora con los pesebres navideños? ¿Tendremos que sacar los animalitos con lo bien que quedaban?
Es un hecho menor, sin duda, una anécdota; sin embargo debo confesar que me gusta que el papa comience a desalojar el pesebre de tanto agregado que oscurece lo central de la fe cristiana. Si se mira bien, la presencia de esos animales es tan accesoria como toda la parafernalia navideña que le hemos agregado al nacimiento de Jesús a través de dos mil años de cristianismo.
Lo esencial –para la fe cristiana- es un niño que nace pobre, de una familia pobre y que es recibido por hombres y mujeres de buena voluntad (el texto del evangelio de Lucas dice que el nacimiento es buena noticia para “los hombres de buena voluntad”). Y son estos hombres de buena voluntad –todo según Lucas- los que se arriman a visitar a la familia pobre en el establo aquel.
Tal vez en aquel pesebre tampoco hubo reyes magos (sólo el evangelio de Mateo los menciona, y lo hace para señalar simbólicamente que Jesús es un nuevo rey de sabiduría al que rinden culto los sabios; no parece un hecho histórico probable). Hasta los ángeles son inciertos (al menos no serían con alas y coros celestiales). Lo que sí es más probable es que una familia pobre fuera visitada y ayudada por otros pobres (los pastores) que acostumbran ser solidarios con los que están tan mal como ellos.
Mucha agua ha pasado bajo el puente del cristianismo. Mucho le hemos ido agregando al pesebre hasta transformarlo en algo folclórico, tierno…inofensivo. Tenemos responsabilidad –como Iglesia- en haber transformado en algo simpático un hecho dramático. El mensaje central de la Nochebuena –para los cristianos- no es sólo la Buena Noticia del nacimiento del hijo de Dios; lo es también la “mala noticia” de que no hay lugar para Dios, porque no hay lugar para los pobres. Por ser pobre, el Niño debe nacer donde se pueda: no hay hotel, ni clínica, ni departamento, ni casa de plan, ni country…Al pesebre. Ese es su lugar –y el de Dios- en nuestra sociedad tan llena de afán de consumo, de compras navideñas, garrapiñada y pesebres en los shoppings acompañados por un señor gordo venido del norte y vestido de rojo.
Lo malo de un pesebre tan simpático y poblado de personajes anecdóticos, es que lo hemos adornado de tal modo que hemos terminado naturalizando su pobreza, haciéndola simpática. Y la pobreza es cruel. Los pobres –también hoy- van al establo, al final de la fila: en el reparto, en los planes de gobierno, en la educación, en el acceso a la salud, en la justicia, en el empleo legal; son –eso sí- los primeros a la hora de los ajustes y recortes.
Se me hace que los únicos imprescindibles en este pesebre navideño (además de María, José y el Niño; obviamente) son los hombres de buena voluntad a los que los ángeles les auguran Paz. Estos son esenciales, vengan de donde vengan. Ellos son los que ayudan a que el mundo sea un poco mejor. Son imprescindibles para que no nazcan más niños en el crudo pesebre de la exclusión y la pobreza.
Tal vez nuestro lugar en el pesebre, como universitarios, sea el de los hombres y mujeres de buena voluntad que intentamos ayudar a que la buena noticia de la Paz y el Amor se hagan realidad, enseñando, investigando, haciendo proyección social del conocimiento. Ojalá en esta Navidad muchos pobres puedan decir que la UCC ha sido para ellos una buena noticia.
Está bien que se vaya desalojando el pesebre de tanto folclore y vaya quedando lo esencial: Dios solidario con los pobres, denunciando desde un establo la exclusión; Dios entrando al mundo por la puerta de atrás para mostrarnos el camino de la fraternidad y la solidaridad. Y muchos hombres y mujeres de buena voluntad (de cualquier raza, religión, o ideología) dando una mano para que la Paz y el Amor de la Nochebuena se vayan haciendo realidad noche y día, todo el año.