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lunes, 8 de agosto de 2016

Dejar ir

Durante la vida hacemos duelos permanentemente y la mayoría de las veces no nos damos cuenta. Cada cambio (una mudanza, terminar la secundaria, una separación, etc) cada crisis vital (dejar de ser niños, la adolescencia, el climaterio, etc) nos enfrenta con la tarea de aceptar y tolerar lo que se ha perdido y a su vez asumir y acomodarnos a lo nuevo. Cuando se trata de la pérdida de un ser querido la tarea del duelo es mucho más conciente y dolorosa. Nadie discute que la muerte de un/a hijo/a es el dolor más intenso y difícil de elaborar. Algunos dicen que es antinatural, que primero deben irse los padres. Seguramente tengan razón. Cómo se nombran a los padres que han perdido un hijo. Ningún idioma cuenta con una palabra que los identifique. Hasta la lengua nos muestra lo difícil que es simbolizar y nombrar tanto dolor.

El duelo
Las características que acompañan a una pérdida determinan la mayor o menor dificultad para iniciar el trabajo del duelo. Digo trabajo porque es un verdadero proceso psíquico el que se debe hacer para elaborar una pérdida, aceptarla y poder así seguir adelante. Con esto me refiero a:
-El tipo de vínculo que se tiene con la persona fallecida (padre, hijo, hermano, amigo)
-La edad que tenía cuando falleció (cuanto más joven es, más cuesta aceptar su fallecimiento)
-La manera en que se produjo su muerte (es diferente el impacto que produce una muerte abrupta y sorpresiva que si ocurre luego de una larga enfermedad)
A modo de descripción se pueden diferenciar tres etapas del duelo. Cabe aclarar que se puede pasar de una etapa a otra a partir de la elaboración que la persona va haciendo de la pérdida pero también puede ocurrir que se regrese a una etapa anterior que se creía superada. Algunas personas no logran llegar a la última etapa y caen en una profunda depresión o melancolía.
-Fase de negación: frente al shock y la intensidad del impacto, las personas tienden a negar lo ocurrido. Se muestran incrédulos. Se enojan. Ponen en duda sus creencias. Buscan explicaciones y culpables. Necesitan hablar mucho sobre todo lo que sucedió, recordar y relatar cada momento una y otra vez. Hablar es una manera de elaborar el dolor, simbolizando con las palabras se alivia tanto el cuerpo como el alma. Poco a poco se toma conciencia que la persona fallecida ya no estará y va aflorando la tristeza.
-Fase aguda de duelo: la psiquis necesita mucha atención y energía para recomponerse. Freud dirá que la libido que estaba depositada en la persona amada vuelve al yo. En esta etapa se produce el verdadero trabajo del duelo. Es normal que no se sientan ganas de salir, de estar con otras personas, de trabajar. Es necesaria cierta introversión para ir aliviando el dolor. En este tiempo es importante acompañar a la persona en duelo con la presencia más que con consejos y motivaciones. La persona necesita tiempo. Tendrá sentimientos ambivalentes de amor y odio, enojo, llanto, aceptación parcial de la pérdida. Poco a poco deberá ir deshaciendo el vínculo emocional que tenía con el ser amado.
-Fase de resolución: paulatinamente se irá conectando con la vida cotidiana. Siente que recupera la energía. El dolor va dejando lugar a los recuerdos acompañados de cariño y tristeza. Las culpas van cediendo y poco a poco se permite disfrutar de su vida nuevamente.

El duelo se completa cuando se ha podido aceptar la pérdida, se ha podido expresar libremente el dolor y la ambivalencia afectiva y poco a poco se vuelven a establecer los vínculos emocionales y sociales que se tenían. Es decir, se ha realizado el duelo cuando la persona se ha podido adaptar a la nueva realidad tolerando la falta del ser querido, manteniendo los vínculos afectivos y estableciendo de a poco nuevas relaciones y oportunidades. Cuando se ha podido dejar ir al ser amado....

Lic. Andrea Gómez, psicóloga y sexóloga 

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